Postergar eternamente esa tarea importante, darse un atracón de pizza o rememorar una y otra vez aquel episodio vergonzoso y terrible de nuestro pasado. Son formas de autosabotaje, comportamientos habituales que pueden llegar a ser dañinos, pero que tienen una base evolutiva, nuestro cerebro nos empuja a ellos para sobrevivir. Esta es la sugerente tesis que explica el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland en su libro Controlled Explosions in Mental Health (sin traducción al español). “El cerebro humano evolucionó para la supervivencia, no para conseguir felicidad o paz interior. Todo gira en torno a protegernos”, explica el experto en conversación con EL PAÍS. Esto implica que si hay una situación ambigua, tu cerebro la interpretará como un peligro. Intentará primar la supervivencia a tu salud mental. Es algo que empezó a hacer hace milenios y que ha llegado hasta nosotros ampliado por una simple cuestión evolutiva. Nuestros ancestros más relajados, los menos paranoicos de la tribu, eran los que tenían más papeletas para ser devorados por ese ruido entre los arbustos que probablemente no será nada. “La selección natural ha favorecido cierta hiperventilación, cierta tendencia a sobreestimar las amenazas”, asegura Heriot-Maitland. Pero el mundo en el que vivimos no es el mismo en el que vivían nuestros antepasados. Ellos tenían tigres de las cavernas acechando, clanes rivales con los que competir y mamuts que cazar. Ahora compramos la carne en el supermercado, nuestro rival es Juan Francisco, de contabilidad y solo vemos tigres en la tele. Las amenazas son más pedestres y sociales: la desaprobación, el rechazo, el abandono, el miedo a no gustar… “Así que muchos de los comportamientos paranoicos que en otro contexto podían funcionar, hoy nos llevan a sabotearnos”, señala Heriot-Maitland.En su libro, este experto formado en Oxford, con 12 años de experiencia en la sanidad pública inglesa, compara estos comportamientos con explosiones controladas. Nuestro cerebro tiene un escuadrón de artificieros que precipitan una reacción explosiva para evitar un daño mayor. Es como morderse las uñas en lugar aguantar durante años hasta explotar con un comportamiento de autolesiones; ser ligeramente autocrítico como método para mejorar, en vez de oír voces que juzgan y nos insultan de forma constante, en un comportamiento rayano en la esquizofrenia. “Hay que entender que estos comportamientos pueden llegar a ser clínicos, pero son un continuum, forman parte del mismo espectro”, señala el psicólogo. “Todos tenemos unos cerebros con un sesgo protector, pero estos mecanismos se vuelven más contundentes y ruidosos a medida que tenemos más experiencias negativas”. Por eso entender estos mecanismos puede hacernos no solo más comprensivos con nosotros mismos, sino más empáticos con quienes sufren alguna enfermedad mental grave.Para escribir su libro, Heriot-Maitland decidió retirarse a un pueblecito del norte de Escocia, un retiro laboral que debería ayudarle con los plazos de entrega. Pero el pueblo resultó ser precioso. Tenía unas rutas de montaña espectaculares, unas vistas increíbles, incluso los libros que había en la casita donde se quedaba de repente le parecían fascinantes. Heriot-Maitland caminó mucho más de lo que escribió, y en uno de sus improductivos paseos por el campo cayó en la cuenta. Estaba procrastinando la escritura de un libro sobre la procrastinación. Más que una ironía, aquello fue una revelación, explica el autor. “Puedes investigar todo lo que quieras y realizar todos los estudios científicos del mundo, pero eso no es lo mismo que la conciencia de uno mismo. Puedes entender estos procesos intelectualmente, pero ocurren a un nivel más emocional, más inconsciente”. Entonces, ¿qué sentido tiene detectarlos? Heriot-Maitland explica que el suyo no es un libro de autoayuda, no busca una solución mágica. Solo pretende explicar los mecanismos subyacentes de muchos comportamientos problemáticos, entender su origen. “Por ejemplo, con la procrastinación”, explica el psicólogo, “cuando estoy a punto de terminar algo, procrastino más. Quizá porque me estoy acercando a lo que temo, que es terminar un trabajo que luego podría ser juzgado o criticado, o que podría ser una porquería… Si entiendes eso, hay algunos miedos subyacentes con los que puedes trabajar”.Más allá de la vertiente psicológica y práctica del libro, este encierra datos y anécdotas ciertamente curiosas. Por ejemplo, el experto explica por qué tanta gente se siente atraída por las películas de terror, los parques de atracciones o los deportes extremos. “Tienen un equilibrio perfecto entre seguridad y riesgo”, señala. Es una forma de vacunarnos, nos prepara, en un entorno seguro, para lidiar contra escenarios de estrés y ansiedad que podrían darse en la vida real. Heriot-Maitland lo explica con un ejemplo práctico: “ir en una montaña rusa es emocionante y divertido, pero ir en tu coche cuesta abajo, con los frenos rotos por una colina sería horrible”.Esta idea se entiende desde el marco de la percepción predictiva, una teoría que viene a decir que nuestro modelo interior del mundo no es tanto la realidad, como una interpretación de la misma. Nuestro cerebro tiene un ancho de banda limitado, no puede procesar cada bit de información que se le presenta. Así que analiza lo que pasa y rellena los huecos de información con lo que cree que pasa. Por eso podemos leer perfectamente una palabra, aunque le falten letras. O interpretar la imagen de un puzle aunque no tenga todas las piezas. Pero para ello necesita información previa: haber leído antes esa palabra o visto un paisaje similar al del puzle. Por eso las películas de terror son perfectas, porque nos dan información sobre contextos en los que no hemos estado nunca. Nos inoculan una pequeña cantidad de miedo e incertidumbre para prepararnos para escenarios con una gran cantidad de ambos. “Funciona como una vacuna”, señala el experto.Este mismo mecanismo estaría detrás de los llamados comportamientos de habituación, cuando la persona rumia escenarios dramáticos de forma obsesiva. Es un comportamiento negativo desde el punto de vista de la salud mental. “Pero tu cerebro podría estar usando el daño como una especie de entrenamiento o ensayo”, explica Heriot-Maitland. “Es como los pilotos, que pasan por una simulación antes de coger un avión de verdad”. De nuevo, esto tiene un origen evolutivo. Los ancestros catastrofistas, aquellos que habían ejercitado, preparado y afinado sus respuestas ante las amenazas, estarían más preparados cuando estas llegaran que aquellos que vivían una rutina despreocupada y feliz.Parecería, así explicado, que la evolución hubiera premiado a los amargados. Que no hay goce y disfrute en el mundo que pueda tener un beneficio evolutivo. Y no es así. El sexo (más allá de su finalidad reproductiva) el alcohol y otras drogas recreativas han sido desde siempre comportamientos hedónicos, sociales y de escapismo ante los problemas. Pero su abuso puede convertirse en un comportamiento autodestructivo, explica el experto. “El alcohol, el sexo, las drogas… la gente los usa por cuestiones hedónicas y sociales, claro, pero pueden ser una forma de evitar emociones incómodas. Y es efectivo”. Estos comportamientos hedónicos crean una especie de entumecimiento o una distracción, generan sensaciones fuertes que anulan o tapan las emociones dolorosas que tienes. Y tu cuerpo aprende que esto funciona. Y piensa que es genial. “Así que lo haces más y más hasta que se convierte en una adicción, se forma un hábito y se vuelve una forma destructiva de evitación”.Tanto en este caso como en los anteriores hay un espectro, desde el pequeño hábito nocivo hasta el comportamiento patológico. El libro de Charlie Heriot-Maitland pretende analizar los primeros, aquellas explosiones controladas que evitan la hecatombe. Lo hace para comprender primero la base evolutiva del autosabotaje, para ofrecer la oportunidad de reconocer su función protectora y, al mismo tiempo, abordar el daño que puede llegar a causar. “No queremos combatir estos comportamientos, pero tampoco queremos apaciguarlos y dejar que sigan controlando, dictando y saboteando nuestras vidas”, explica. “Lo importante es entender que tenemos opciones”.

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