Mientras la Ciudad Eterna se despereza y sus calles comienzan a llenarse a un ritmo frenético, va tomando forma una nueva rutina turística en la Fontana di Trevi, una de las atracciones más concurridas y populares de Roma. Ya no basta con llegar y abrirse paso entre la multitud para contemplar el icónico monumento y lanzar la moneda al agua. A partir de ahora, quienes quieran cumplir con el ritual y sacarse una foto de cerca con las imponentes esculturas de fondo deberán hacer cola y pagar una entrada de dos euros. Desde el 2 de febrero, la tradición de lanzar la moneda al agua —que, según la leyenda, asegura el regreso a Roma— se vive con tique en mano. Ver la fuente desde la plaza es gratis, pero para bajar a la escalinata y acercarse al perímetro del estanque, donde se realiza el famoso ritual, hay que pasar antes por caja.Más informaciónLa cola arranca en el lateral derecho de la fuente, en Via della Stamperia. Bajo una pequeña carpa blanca que hace las veces de taquilla, trabajadores con chalecos azules en los que se lee “Fontana di Trevi” venden entradas, validan las compradas online y entregan pases gratuitos a los residentes, exentos de pago. Los visitantes avanzan después en fila hasta la escalinata, donde otros empleados escanean los códigos QR y dan acceso al foso.La aglomeración habitual parece más dispersa y ordenada. Algunos visitantes comentan, aliviados, que se puede “caminar, respirar y sacar fotos sin ser aplastados por la multitud”. Pese a que la temporada baja apenas se distingue ya de la alta en Roma, estos días no son de gran afluencia. La prueba de fuego llegará el próximo fin de semana, cuando el público se multiplique. El objetivo de esta tarifa, explican las autoridades locales, es gestionar el flujo de visitantes, reducir aglomeraciones y generar recursos para la conservación del monumento, que recibe más de 10 millones de visitantes al año. El Ayuntamiento estima que esta medida podría aportar más de 6 millones de euros anuales para el mantenimiento de la fuente y otros bienes culturales.Este martes, el cielo encapotado amenaza lluvia. A lo largo de la fila, paragüeros llenos de paraguas azules, a juego con los chalecos de los empleados, aguardan ante posibles chaparrones, frecuentes estos días en Roma. A primera hora, la cola para entrar en una cafetería a pocos pasos de la Fontana di Trevi es más larga que la de acceso al monumento. El silbido constante de las cafeteras y el aroma a cappuccino y a repostería recién horneada llegan hasta la calle.En apenas unos minutos, la cuenca de la fuente se convierte en un enjambre de turistas, guías que desgranan la historia de esta joya del Barroco y jóvenes que posan como modelos hasta transformar el lugar en un estudio fotográfico improvisado, focos incluidos. Una mujer, de espaldas a un móvil en un trípode, ensaya poses con un vestido lencero azul, desafiando al invierno romano. “Vengo temprano porque hay menos gente y las fotos salen mejor. Llevo rato aquí y no sé si será por el sistema nuevo, pero está menos concurrido”, comenta en inglés.A su lado, una familia de Sevilla, compuesta por un matrimonio, su hija, el yerno y el nieto de cinco años, se toma fotos: en grupo, en solitario, por parejas, los abuelos con el nieto, etc. El abuelo mira el reloj y resopla. “No me parece bien que cobren entrada, esto está en la calle, es de todos”, dice Alfonso. “Ya, pero el dinero de la entrada se destina a una buena causa: conservar el patrimonio”, le replica su esposa, Nuria. “En Sevilla deberían cobrar también en algunos sitios”, agrega la abuela Carmen.Esta medida ha generado sentimientos encontrados entre romanos y turistas y ha despertado el debate entre quienes creen que el acceso a la cultura debería ser universal o, por el contrario, sostenible y regulado. Aunque en general todos parecen más conscientes de la importancia de la preservación del patrimonio. Con matices. “Yo pagaría también cinco euros para ver esta maravilla, pero pienso que el precio es algo elevado, si viene una familia y cada uno paga dos euros, eche cuentas… igual con un euro habría bastado”, señala Simona, de la región de Abruzos (Italia).El acceso se organiza por un pasillo que bordea el lateral derecho del monumento, delimitado por cintas y postes negros, una solución discreta para no alterar el entorno y que ha generado debate. Unas vallas metálicas impiden entrar por otros puntos, mientras que la salida se sitúa en el lado izquierdo. Acostumbrados al caos en torno a los grandes atractivos de la ciudad, muchos romanos no ven problema en el pasillo de acceso. “El lío se forma cuando la gente se arremolina en la plaza y no se puede pasar. Esperamos que quienes no pagan no se queden bloqueando el espacio para hacer fotos, porque estaríamos igual que antes”, dice Leonardo, que trabaja en una oficina cercana.El nuevo cartel que anuncia el costo de la entrada para acceder al monumento.ZUMA vía Europa Press (ZUMA vía Europa Press)Por el momento, llaman la atención, por la novedad, las dos decenas de empleados que controlan el acceso a la fuente y que se mueven constantemente de un lado para otro, con un gran datáfono blanco en la mano, dando indicaciones a los visitantes despistados a los que el nuevo sistema de pago les ha pillado por sorpresa. “¿Hay un límite de tiempo para estar abajo?”, pregunta una mujer italiana. Dos trabajadores se consultan entre sí. “Puedes estar el tiempo que gustes”, responde uno. Es una novedad respecto a fórmulas de control de visitantes ensayadas en los últimos años, que buscaban limitar la duración de la estancia para agilizar la circulación.“Los turistas, sobre todo los extranjeros, están acostumbrados a pagar por visitar los monumentos. El exceso de turismo es una amenaza para el patrimonio cultural”, dice Valentina, trabajadora de la Fontana, que estudia Gestión de Bienes Culturales en la universidad. “Con demasiada frecuencia el turismo de masas no busca admirar esta obra u otras, sino más bien hacerse un selfi”, lamenta.Alessandra Chieti, guía turística, explica el monumento a una pareja de estadounidenses. “La fila parece ordenada y abajo se está más cómodo para recorrerlo con calma y apreciar los detalles”, señala. Aun así, admite que el sistema alarga los tiempos de los tours con varias paradas. James, empresario de Boston (Estados Unidos), que ya conocía Roma por trabajo, y su esposa Harper respaldan la medida: “Si sirve para conservar el monumento y que todo esté más limpio y controlado, merece la pena”.El Ayuntamiento de Roma informó de que el lunes, primer día de la medida, se vendieron 5.000 entradas —incluyendo turistas y locales— entre las 9.00 y las 18.00. El pago está en vigor los lunes y viernes de 11.30 a 22.00, y el resto de los días de 9.00 a 22.00. Fuera de ese horario, la fuente puede visitarse gratis.

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